Cuando era vieja -y aun ahora de niña- me encantaban los cohetes. Siempre supe que eran de tener cuidado, sobre todo cuando la pólvora se había mojado y no había manera de saber que los haría estallar.
En general prefiero estar lejos cuando se encienden -de lo cual se deduce que no me gusta jugar con fósforos y pólvora... bien mami, bien.- pero a pesar del humo y el bum!! que te deja sordo, no hay gracia en ver un cohete desde la colina.
Muchos de mis mejores amigos son cohetes, de colores lindisimos y de todos los tamaños. Para mi es siempre una experiencia mística. como las lamparas de lava.. esas que hacen con agua de color y aceite.
pero hablaba de los cohetes:
Cuando llegan alto casi se les pierde la vista, aunque generalmente no salen de la atmosfera y les toca regresar a tierra para cargar combustible.
Sus aterrizajes siempre tienen algo de turbulencia -incluso cuando el paracaidas funciona perfectamente-. Algunos han incorporado modificaciones para caer sin dañarse tanto.
Como suben tanto pueden ver mucho del mundo, aunque con lo rápido que van hay cosas que se pasan. Por ejemplo que la flor abre lento y que las piedra se desgastan.
Yo me pregunto a veces como será eso de ser un cohete
Luego miro mi parapente y sonrío.
Tan bonito que se siente cuando tienes -simplemente- una forma de llegar al cielo.
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